Hay una batalla que no siempre vemos, pero que se libra todos los días. No ocurre únicamente en el mundo exterior, en las noticias o en las historias antiguas. Esa batalla también sucede dentro de cada uno de nosotros.
Es la eterna lucha entre el bien y el mal, durante mucho tiempo pensé que el buen y el mal eran fuerzas lejanas, casi como personajes de una historia.
Pero con el tiempo entendí que esa lucha también vive dentro de cada uno de nosotros , ya que cada pensamiento, cada decisión y cada reacción puede inclinar la balanza hacia un lado o hacia otro.
El bien suele manifestarse en forma de calma, empatia, verdad y amor. Es esa voz interna que nos invita actuar con conciencia a no herir, a comprender antes de juzgar y a actuar con bondad. El bien no siempre grita, muchas veces acompaña y susurra.
El mal en cambio, suele aparecer cuando dejamos que el miedo, el ego, los celos, la envidia y la ira tomen control. Y no siempre se presenta de manera evidente, a veces se disfraza de justificación, de orgullo o de resentimiento.
Desde este punto de vista he aprendido que la verdadera batalla no se gana luchando contra el mundo, sino aprendido a reconocer esas fuerzas dentro de cada uno de nosotros.
Cada día tenemos la oportunidad de elegir, elegir con paciencia en lugar de enojo, elegir perdonar en lugar de guardar rencor, elegir la verdad en lugar de la mentira.
No somos perfectos y eso también es parte del proceso humano, habrá momentos en los que la oscuridad parezca más fuerte; pero incluso en esos momentos existe algo más poderoso que es nuestra conciencia y la claridad.
Cuando somos conscientes de nuestras acciones y pensamientos comenzamos a fortalecer el lado luminoso de nuestra esencia, el bien no siempre gana porque el mundo sea perfecto; el bien gana cuando nosotros decidimos actuar desde la luz en medio de la oscuridad.
Y quizás ahí está el verdadero despertar, comprender que cada uno de nosotros tenemos el poder de alimentar esas dos fuerzas porque todos tenemos libre albedrío.
Al final la batalla entre el bien y el mal no se decide en grandes escenarios, porque se decide en el corazón de cada uno de nosotros.
Con amor la autora.