En mi libro Fragmentos de un miocardio roto escribÃ: “Cada suceso inesperado que se nos presenta, es un paso adelante asà tú pienses que es todo lo contrario; ya que, aunque nos desgarre el alma, nos fortalece en sabidurÃa.” Hoy, más que nunca, compruebo la verdad de esas palabras.
El dolor no llegó para destruirnos, sino para enseñarnos. Cada caÃda nos obliga a levantarnos más fuertes, cada traición nos abre los ojos, cada despedida nos prepara para abrazar lo nuevo. SÃ, el alma se desgarra, pero en ese desgarro también se hace espacio para la luz.
Nuestras cicatrices nos recuerdan que somos humanas, que sentimos, que amamos con intensidad… pero también que fuimos capaces de sanar. No hay mayor belleza que la de quien se reconstruye después de la tormenta y camina con la frente en alto mostrando sus marcas como trofeos de guerra.
Cierro con esto:
Hoy entiendo que mis cicatrices no son motivo de vergüenza, sino de orgullo. Son la prueba de que sobrevivÃ, de que la vida intentó derribarme y aun asà sigo aquÃ, de pie. Las llevo como medallas que me recuerdan que mi alma es indestructible y que cada capÃtulo doloroso me hizo más sabia, más fuerte y más libre. Y si alguien me pregunta por ellas, no bajaré la mirada: las mostraré con la dignidad de quien sabe que sobrevivir también es un arte.
Con amor la autora.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario