martes, 13 de enero de 2026

La fe, como refugio y no como obligación

                                   
                                         


Durante mucho tiempo creí que la fe era cumplir.

Repetir palabras, asistir, demostrar.
Como si creer fuera una lista de tareas que había que marcar para no fallar.

Pero mi proceso me enseñó otra cosa.

La fe, para mí, no llegó haciendo ruido.
Llegó en el silencio.
En esos momentos en los que ya no tenía fuerzas para explicar, justificar o sostenerme ante nadie.
Ahí, cuando el mundo dormía y yo me quedaba a solas con mis pensamientos, fue cuando me aferré a la divinidad sin fórmulas, sin promesas forzadas, sin miedo.

No le hablo a Dios desde la obligación.
Le hablo desde la necesidad honesta de ser escuchada tal como soy.

Mis charlas con Dios no siempre tienen palabras bonitas.
A veces son lágrimas.
A veces son silencios largos.
A veces solo respiro y siento que no estoy sola.

Y eso también es fe.

La que no exige perfección, sino presencia.
La que no castiga tus dudas, sino que te abraza en ellas.

En mi proceso entendí que creer no es obedecer por miedo,
No es arrodillarse desde la culpa,

Hoy mi fe no me pesa.
Me acompaña.
No me señala lo que hago mal,
me recuerda que sigo aquí, a pesar de todo.

Y cada noche, en ese encuentro íntimo que no necesita testigos, vuelvo a elegirla.
No porque deba,
sino porque ahí encuentro paz.

Con amor la autora.

Keila Reyes 

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