el cuerpo también necesita tiempo.
No solo la mente. No solo el corazón.
Tiempo para bajar la guardia.
Tiempo para dejar de sobrevivir.
Tiempo para no hacer nada… sin culpa.
Durante mucho tiempo estuve cumpliendo expectativas, resolviendo urgencias, sosteniendo cargas que no me correspondían. Vivía pendiente de lo que otros necesitaban, de lo que se esperaba de mí, de lo que “debía” hacer. Y en ese camino, me olvidé de algo esencial: preguntarme qué quería yo.
Hoy me estoy dando permiso.
Permiso para quedarme en casa si así lo necesito.
Permiso para escribir sin un objetivo claro.
Permiso para comer con calma, escuchar música, llorar, descansar.
Permiso para no ser productiva, pero sí presente.
Este tiempo no es una huida.
Es una recuperación.
Mi cuerpo viene de sostener demasiado: dolor, miedo, ansiedad, exigencias, traumas. Pretender que todo siga igual, que yo funcione como antes, sería una forma más de violencia hacia mí misma. Por eso ahora escucho. Me escucho sin juzgarme, sin apurarme, sin exigirme respuestas inmediatas.
Estoy aprendiendo a estar conmigo.
A conocerme sin ruido.
A no jugarme ni minimizar lo que siento.
Tal vez por primera vez me pregunto con honestidad:
¿qué necesito hoy?
¿qué me da paz?
¿qué versión de mí quiero cuidar?
Este proceso me está enseñando que descansar también es avanzar.
Que detenerse no es rendirse.
Y que darse tiempo no es egoísmo, es amor propio.
Estoy sanando a mi ritmo.
Y por primera vez, ese ritmo es mío.
Con amor la autora.
Keila Reyes

No hay comentarios.:
Publicar un comentario