jueves, 21 de mayo de 2026

Cuando el dolor te hace olvidar quién eres

 

                                       

Hay una etapa del duelo de la que pocas personas hablan. Una etapa silenciosa, confusa y profundamente desgastante. No es solamente llorar por alguien que se fue o por alguien que nos hirió. Es comenzar a cuestionarnos quiénes somos realmente.

Después de vivir situaciones que nos dañan emocionalmente, muchas veces terminamos mirándonos al espejo sin reconocernos por completo. Empezamos a preguntarnos para qué estamos hechos, por qué permitimos ciertas cosas, por qué repetimos heridas, por qué nos sentimos tan insuficientes y tan vacíos.

Y ahí comienza una de las batallas más difíciles: la pelea contra la percepción rota de nosotros mismos.

Porque cuando alguien hiere constantemente nuestras emociones, ya sea consciente o inconscientemente, puede sembrar dudas dentro de nosotros. Dudas sobre nuestro valor, nuestra capacidad de amar, nuestra importancia e incluso sobre nuestro propósito en la vida. Algunas personas, incapaces de gestionar sus propios vacíos, terminan proyectando sus heridas sobre quienes más las aman. Y sin darse cuenta —o quizás dándose cuenta— hacen que la otra persona cargue culpas que nunca le pertenecieron.

Entonces uno empieza a minimizarse.
A cuestionarse.
A sentirse difícil de amar.
A creer que quizá el problema siempre fue uno.

Y no.

Lo que nos hicieron no define quiénes somos.

No somos el abandono que vivimos.
No somos las palabras hirientes que recibimos.
No somos las inseguridades que alguien más sembró dentro de nosotros para evitar enfrentar las propias.

Somos mucho más que el dolor que atravesamos.

Pero llegar a entender eso toma tiempo. Porque esta etapa del duelo rompe algo muy delicado: la manera en la que nos vemos a nosotros mismos. Y reconstruir esa percepción requiere paciencia, compasión y muchísimo amor propio.

Tal vez por eso esta etapa duele tanto.
Porque no solo estamos sanando una herida emocional.
Estamos intentando volver a encontrarnos.

Y aunque el proceso sea lento, un día comenzamos a recordar quiénes éramos antes de que el dolor nos hiciera dudar de nuestro valor. Empezamos a entender que nunca fuimos insuficientes; simplemente estábamos entregando amor en lugares donde no sabían cuidarlo.

Sanar también significa recuperar nuestra identidad.
Volver a nosotros.
Volver a elegirnos.
Y comprender que el propósito de nuestra vida jamás dependerá de cómo alguien más decidió tratarnos. 

Que Dios te bendiga. 

Con amor la autora. 

Keila Reyes

No hay comentarios.:

Publicar un comentario