A veces creemos que el duelo termina cuando dejamos de llorar, cuando ya no revisamos viejas conversaciones o cuando el recuerdo deja de doler tanto. Pero no siempre es así. El verdadero final del duelo llega cuando entendemos que soltar no significa olvidar, sino aceptar.
Después de una ruptura, no solo perdemos a una persona. También dejamos atrás costumbres, planes, rutinas, versiones de nosotros mismos e incluso ideas equivocadas sobre lo que creíamos que era amar. Pasamos por un desapego emocional profundo: al amor que conocíamos, a las expectativas, a los errores repetidos y a esas creencias limitantes que nos mantenían atados a lo que ya no era para nosotros.
Y aunque duele, ese proceso transforma.
Nos obliga a mirarnos de frente, a reconocer nuestras heridas, a entender que quizás la forma en la que amábamos no era la más sana ni para nosotros ni para quien estaba a nuestro lado. Amar también se aprende. Y muchas veces, primero hay que desaprender.
Cuando finalmente vemos la luz al final del túnel, entendemos que el duelo no vino a destruirnos, sino a reconstruirnos. Nos hizo más conscientes, más fuertes, más selectivos y más honestos con lo que merecemos.
A veces, con todo el amor del mundo, también toca dejar ir. Porque amar no siempre significa quedarse; a veces significa respetar, soltar y desearle paz a alguien aunque eso nos rompa por dentro.
Si de verdad amamos, también entendemos que no podemos retener a quien necesita otro camino para crecer.
Y ahí, justo ahí, comienza la verdadera sanación.
Porque el final del duelo no es el final del amor, es el inicio del amor propio
Dios te bendiga.
Con amor la autora.
Keila Reyes.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario