Pero también hay dolores que devastan.
Dolores que te arrancan partes de ti mientras intentas seguir sonriendo. Dolores que llegan disfrazados de amor, de promesas, de esperanza… hasta que un día te das cuenta de que llevas demasiado tiempo sobreviviendo en un lugar donde solo estabas siendo destruida.
Y después de tanta violencia, de tantas humillaciones, de tantas lágrimas silenciosas… solo puedo decirme a mí misma y decirle a cualquier persona que esté pasando por algo similar:
Llora.
Reza.
Sana.
Y déjale todo a Dios.
Porque cuando el corazón ya no puede más, cuando el alma está cansada de soportar dolor, solo Dios puede abrazar las heridas que nadie más ve.
Él escucha cada lágrima que cae en silencio.
Él conoce cada humillación que callaste.
Cada noche en la que intentaste sostenerte mientras te rompías por dentro.
Y aunque a veces sentimos que el dolor nunca termina, llega un momento donde el cielo responde.
No con venganza.
No con maldad.
Sino con justicia divina.
Una justicia que equilibra todo lo vivido.
Una justicia que le muestra a cada persona el peso de sus acciones.
Porque nadie puede ir por la vida destruyendo corazones sin algún día enfrentarse al reflejo de lo que hizo sentir.
Yo amé de verdad.
Amé incluso cuando ya no me quedaban fuerzas.
Di apoyo cuando yo también necesitaba que alguien me sostuviera.
Di amor cuando me estaba rompiendo a pedazos por dentro.
Y aun así recibí dolor.
Humillaciones.
Maltrato físico.
Heridas emocionales que tardarán mucho tiempo en sanar.
Pero entendí algo:
El dolor no llegó para destruirme.
Llegó para despertarme.
Para enseñarme que jamás debo volver a permitir que alguien me haga olvidar mi valor.
Para recordarme que una persona de buen corazón también merece amor sano, respeto, paz y reciprocidad.
Hoy ya no le pido a Dios que castigue a nadie.
Solo le pido que haga justicia en mi vida y sane todo aquello que otros rompieron dentro de mí.
Porque sé que mientras yo sano, Dios pelea mis batallas invisibles.
Y sé que algún día miraré todo esto sin lágrimas, entendiendo que sobreviví a lo que creí que me destruiría.
Porque después del dolor… también existe el renacer.
Que Dios te bendiga.
Con amor la autora.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario