A veces me sorprendo a mí misma cuando pienso en personas que ya son parte de mi pasado …
y no siento dolor.
No siento rabia.
No siento ese nudo en el pecho que antes me ahogaba.
Solo deseo que sane.
Que encuentre su paz.
Que un día tenga el valor de mirarse por dentro sin huir, igual que yo tuve que hacerlo cuando ya no me quedaba otra opción más que enfrentar mi dolor.
Y no, esto no significa que lo extraño.
Ni que quiera volver.
Ni que lo justifique.
Significa algo más profundo:
ya no cargo lo que no me pertenece.
Porque llega un momento en la vida en el que entiendes que cada quien se salva a su propio ritmo.
Yo me salvé cuando dejé de resistirme.
Cuando dejé de justificar.
Cuando me permití sentir el dolor sin esconderlo.
Y cuando acepté que mirar hacia adentro da miedo… pero más miedo da quedarse en el mismo lugar toda la vida.
Hoy, si alguna mujer está pasando por algo parecido, quiero decirle esto:
Sí se puede.
Sí puedes llegar a un punto donde tu corazón deje de temblar al escucharlo.
Sí puedes llegar al día en que lo recuerdas sin romperte.
Sí puedes desearle paz sin perder la tuya.
Sí puedes sanar tan hondo que lo que te hirió ya no te define.
Sanar no es olvidar.
Sanar es aceptar, liberar y seguir.
Y en ese seguir, te descubres a ti misma más fuerte, más consciente, más serena… y más tú.
Este es mi cierre.
Mi capítulo final.
No porque él haya cambiado, sino porque yo cambié la manera de cargar la historia.
Y ese es el verdadero final feliz:
cuando la paz que buscas afuera finalmente empieza a nacer dentro de ti.
Con amor la autora.
Keila Reyes






.jpeg)