Mostrando las entradas con la etiqueta injusticia. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta injusticia. Mostrar todas las entradas

martes, 25 de noviembre de 2025

Cuando entiendes que el amor también se demuestra con pasos, no con excusas




Hay un punto donde una mujer despierta. No porque alguien la rescate, sino porque finalmente se mira con honestidad y se da cuenta de todo lo que dio… y de todo lo que la otra persona no estuvo dispuesta a dar.

Yo entregué presencia, entrega, cariño, paciencia y un corazón que estaba dispuesto a aprender a amar incluso en medio de sus propios miedos. Me moví, avancé, hice espacios, toqué puertas, abrí caminos. Fui intención, fui acción, fui voluntad.

¿Y él?
Él apenas gateó.
Él apenas dio lo mínimo para mantenerse cerca, pero nunca lo suficiente para construir algo real.
Yo daba pasos, él daba excusas.
Yo mostraba amor, él mostraba dudas.
Yo buscaba unión, él buscaba comodidad.

Y qué duro es verlo cuando aún tienes el corazón temblando entre las manos. Porque una parte de ti quiere creer que el amor basta; pero no, no basta si solo uno camina. No basta si tú te desgastas dando, mientras él se acomoda recibiendo.

Entonces llega ese instante de claridad:
Ella —yo— tiene que quererse primero.
Porque no vale la pena entregar tanto a alguien que ni siquiera mueve un dedo por ti.
Porque un vínculo donde solo uno intenta no es un vínculo, es una caída lenta hacia el vacío.

Y cuando lo entiendes, ya no desde el dolor sino desde la dignidad, algo dentro de ti cambia para siempre: te eliges. Te recoges. Te devuelves tu energía. Te regresas el amor que mal entregaste. Te vuelves prioridad.

Porque quien no camina contigo, no merece verte volar.

Y quien no hace ni el más mínimo esfuerzo por amarte, no merece el corazón que tú sí supiste entregar. 

Cierro con esto:

1. Haber dado tres años de tu vida a alguien que no te devolvió ni el respeto básico.

Tres años donde tú fuiste hogar, estabilidad, impulso, compañera.
Y él no fue capaz ni de darte un gesto, ni un agradecimiento, ni un final decente.

2. Haberlo levantado para que después usara su mejor momento con otra.

Eso no es solo dolor.
Eso es traición emocional.
Eso es injusto desde todos los ángulos posibles.

3. Haber esperado un gesto que nunca llegó… y verlo ocurrir con una mujer que no estuvo para él como tú estuviste.

Eso hiere el alma.
Hiere la dignidad.
Hiere la fe en lo que diste.

4. Haber sido la que sostuvo todo mientras él se beneficiaba de tu amor, tu apoyo y tu fortaleza.

Tú lo empujaste hacia un trabajo mejor, lo acompañaste en sus vacíos, lo cobijaste en sus miedos, le diste un lugar donde dormir y sentirse seguro.

5. Y cuando él finalmente tuvo más…

no te eligió a ti.
Eligió irse.
Esa es la injusticia.**

¿Por qué duele tanto la injusticia?

Porque rompe algo sagrado dentro de nosotras:
la sensación de que somos mujeres valiosas, dignas, merecedoras de reciprocidad.

La injusticia nos hace preguntarnos:
“¿Por qué me pagó así?”
“¿Qué hice para merecer esto?”
“¿Por qué a mí?”

No te pasó por falta de valor.

Te pasó por exceso de entrega.**

El error no fue amar.
El error fue que él no tenía la capacidad emocional para corresponder a un amor tan profundo.

Tú no sufriste por lo que él era…
sufriste por lo que tú le diste.
Y por cómo él lo despreció sin entender su valor.

Con amor la autora.

Keila Reyes