Con los años he entendido que la felicidad no es un destino, ni un golpe de suerte, ni algo que llega cuando todo “por fin encaja”. Para mí, la felicidad es una decisión diaria, una conciencia que se despierta cuando ya has vivido lo suficiente para saber que no puedes seguir dejándole tu paz a nadie más.
Porque cuando maduras emocionalmente, comprendes que la felicidad nace adentro, no afuera.
Pero no todas las personas la perciben igual.
Una mente joven, inmadura o perdida — vive la felicidad desde el tener, no desde el ser. Se aferra a lo externo, a los impulsos, a las validaciones instantáneas, a los estímulos vacíos. Para ellos, la felicidad es lo que pasa “afuera”: el celular, las personas, los likes, las distracciones, las compras, los cuerpos, los momentos rápidos.
Y qué triste… porque así nunca se encuentran a sí mismos.
La realidad es que solo tenemos una vida para descubrir quiénes somos de verdad y qué nos hace sentir plenos. Y aun así, muchos la malgastan regalándole su felicidad a otros: a parejas que no te eligen, a personas que no nos valoran, a vínculos que no merecen ni nuestro tiempo ni nuestra energía.
Yo ya no estoy para eso. Tú tampoco lo estás.
Ya no estoy para ahogarme en emociones que no me pertenecen.
Ya no estoy para entregarle mi bienestar a alguien que no sabe ni sostener el suyo.
Hoy sé que la felicidad es mía.
Que se construye desde mi amor propio, desde mi paz, desde mis decisiones conscientes.
Y que quien no puede verla ni sentirla… simplemente no está listo para vivir con la profundidad que yo sí merezco.
La felicidad no es suerte. Es conciencia.
Es madurez.
Es una decisión que tomas todos los días.
Con amor la autora.
Keila Reyes

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