A veces me siento culpable por hablar con personas nuevas.
Culpable por contestar un mensaje, por sostener una conversación ligera, por dejar que alguien me conozca un poco.
Y mientras tanto, él… él duerme con otra como si nada.
Como si nunca hubiera destruido mi vida.
Por un momento pensé que eso me hacía igual a él.
Pero no.
La diferencia es enorme.
Yo no estoy traicionando a nadie.
Yo no estoy prometiendo amor mientras escribo mensajes a escondidas.
Yo no estoy rompiendo a quien confía en mí.
Yo no estoy usando a las personas como parches emocionales para llenar mis vacíos.
Lo mío no es traición.
Lo mío es reconstrucción.
Hablar con otras personas no me hace indigna.
Me recuerda que sigo viva, que tengo derecho a conectar, a reír, a sentirme vista, a ser escuchada.
Me recuerda que no soy esa mujer rota que él quería dejar tirada para siempre.
Me recuerda que no soy su sombra ni su víctima eterna.
Él duerme con otra porque necesita anestesiar su propio vacío.
Yo hablo con otros porque estoy recuperando mi brillo.
No somos lo mismo.
Nunca lo fuimos.
Hoy entiendo que mi culpa no era culpa.
Era una herida abierta tratando de protegerme.
Era mi corazón temblando, creyendo que si daba un paso, me convertiría en lo que él fue conmigo.
Pero yo no nací para repetir daños ajenos.
Yo nací para sanar.
Y sanar también es permitir que entren nuevas voces a tu vida.
Sanar es dejarte ver.
Sanar es recordarte que eres digna, aquí y ahora, sin pedir permiso.
No soy culpable.
No soy indigna.
No soy “igual que él”.
Soy una mujer despertando después del incendio.
Soy la versión de mí que empieza a hablar, a conectar, a elegir…
sin miedo a parecer mala,
sin miedo a ser comparada,
sin miedo a vivir.
Porque esta vez, no estoy traicionando a nadie ni nunca lo hice.
Estoy regresando a mí.
Con amor la autora.
Keila Reyes

No hay comentarios.:
Publicar un comentario