Durante mucho tiempo pensé que ser fuerte significaba no romperse, que siempre debía demostrar estar bien; pensaba que madurar es saber mantener siempre una sonrisa aunque el mundo pesará.
Me exigía estar todo el tiempo tranquila, si algo me dolía lo callaba, si algo me cansaba lo ignoraba y si algo me quebraba yo trataba de arreglarlo rápidamente para que nadie notará la tristeza que había en mi.
Pero llegó un día en el cual entendí algo que cambió mi forma de verme, crecí el día que al fin dejé de exigirme estar bien todo el tiempo; crecí también el día que reconocí que hay días grises, que el alma al igual que el cielo tiene tormentas, que hay momentos en los que simplemente a veces no estaremos bien y eso también es vivir.
Aprendí que sanar no significa estar fuete siempre, significa ser honestos con nosotros mismos; hay días en los que soy calma pero también hay días en los que soy cansancio, dudas, nostalgia o silencio y está bien.
Porque crecer no es volverte invencible es aprender a abrazar nuestras propias rupturas emocionales sin sentir vergüenzas de ellas, es amar cada cicatriz y curarlas con amor y honestidad.
Hoy ya no me exigió estar bien todo el tiempo, hoy me permito ser, sentir, respirar, pausar y volver a comenzar.
Porque entendí que la verdadera fortaleza no se trata de aparentar estar bien cuando no lo estamos, sino que está en tener la valentía de aceptar que somos humanos y tenemos derecho a sentir y que incluso en nuestros días más vulnerables también estamos creciendo.
Así que si hoy te sientes que el sentir te hace frágil estás equivocado porque es lo que te hace verdaderamente fuerte, el sentir es un poder que no todos se permiten tener por querer pretender ser fuerte todo el tiempo.
Con amor la autora.