He descubierto que Dios no solo se encuentra en las palabras dichas en voz alta o en las oraciones aprendidas de memoria. Dios también habita en las pausas, en los silencios más profundos, en esos momentos donde el alma se aquieta y el corazón deja de correr.
Cuando me permito detenerme y mirar el paisaje de la vida con más calma, comienzo a notar los matices. Colores, detalles y señales que antes pasaban desapercibidos porque iba demasiado rápido. Es ahí, en esa contemplación sincera, donde como ser humano conecto más profundamente con el Creador.
Muchas veces la incertidumbre nos invade porque desde la infancia hemos sido programados para sobrevivir, no para vivir plenamente. Nos enseñaron que la vida consiste en cumplir rutinas: pagar cuentas, trabajar sin descanso y repetir los días como si eso fuera suficiente. Para algunos, eso es vivir. Pero el alma sabe que hay algo más.
Vivir de verdad es detenerte sin culpa. Es ir a tu propio ritmo. Es hacer las cosas que realmente te nutren: salir de paseo, admirar un atardecer, conectar con la naturaleza, leer un libro que te abrace por dentro o simplemente tener una charla honesta contigo mismo. Vivir es aprender a escucharnos, sin ruido externo, sin exigencias.
Y es precisamente en ese instante de quietud donde Dios comienza a obrar en nuestras vidas. Porque cuando paramos, soltamos. Cuando callamos, entregamos. En la pausa le dejamos nuestras cargas, nuestros miedos y nuestras preguntas, y la fe se fortalece de una manera más auténtica y profunda.
Dios no necesita del caos para manifestarse. A veces solo espera que nos detengamos. Que respiremos. Que confiemos. Porque en la pausa, Él sana, sostiene y recuerda quiénes somos más allá del sistema, del miedo y de la prisa.
Hoy elijo creer que incluso cuando todo se detiene, Dios sigue presente… habitando en mis pausas.
Con amor la autora.

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