Mi cuerpo flotaba en el espacio, como si ya no necesitara anclarse a nada externo para existir. En ese silencio cósmico comprendí algo esencial: la fuente no siempre está afuera, a veces nace dentro de nosotros mismos.
De mi cuerpo emanaba una energía viva, consciente. No era caótica ni dispersa; era pura intención. A su alrededor apareció un prisma, no para dividirla, sino para ordenarla. La luz atravesó ese prisma y se transformó en múltiples colores, como si cada experiencia vivida —dolor, amor, pérdida, despertar— encontrara por fin su lugar.
La energía no se perdió.
Tomó forma.
Se proyectó hacia una figura geométrica, una línea rectangular, símbolo de la estructura, de la realidad humana, de lo que se manifiesta en la materia. Allí la energía se comprendió a sí misma, se volvió coherente, consciente, encarnable.
Luego regresó a mí.
No como antes, sino transformada.
Más íntegra. Más sabia. Más mía.
Comprendí que no vine a fragmentarme en el mundo, sino a avanzar.
A reconocer que soy fuente, prisma y mi energía retorna a mi.
Que la luz no se rompe cuando atraviesa la experiencia: se revela.
Y en ese instante supe que la verdadera sanación no es escapar del universo,
sino regresar a uno mismo con nuestra luz integrada.
Con amor a autora.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario