domingo, 18 de enero de 2026

Cuando entendí que ya no era espectadora de mi vida, sino su autora

 


Hubo un tiempo en el que vivía reaccionando a mi entorno.
Las palabras ajenas me movían, las actitudes de otros me desestabilizaban y las opiniones externas tenían demasiado poder sobre mí. Sin darme cuenta, miraba mi vida como espectadora, como si otros escribieran el guion y yo solo actuara según sus expectativas.

Pero con mi despertar espiritual algo cambió profundamente.

Comprendí que muchas personas no hablan de mí cuando me juzgan, me critican o intentan proyectar sus heridas sobre mi vida. En realidad, están hablando de sus propias carencias, de sus miedos no resueltos, de sus vacíos internos. Cada quien mira el mundo desde la herida que aún no ha sanado.

Y ahí fue donde aprendí algo esencial:
ya no absorbo energías que no me pertenecen.
Lo que no vibra conmigo, simplemente rebota.

No desde el rencor, sino desde la conciencia.

Hoy entiendo que no necesito defenderme de todo, ni explicar mi proceso, ni cargar con emociones ajenas. Cada persona está edificando su propia historia, y yo ya no soy el depósito de frustraciones ajenas.

Antes respondía desde el impulso.
Desde el miedo.
Desde la herida.

Hoy respondo desde la calma.

Porque mi sistema nervioso ya no vive en alerta, mi mente está más clara y mi espíritu más firme. He aprendido a observar sin engancharme, a escuchar sin absorber, a caminar sin pelear.

Volví a ser yo,
pero una versión más consciente.

Mi intuición está más despierta.
Mi paz es más valiosa que cualquier discusión.
Mi energía ya no se negocia.

Hoy veo mi vida desde otro lugar:
ya no soy espectadora…
soy la escritora, la autora y la directora de mi historia.

Mi entorno es solo el escenario.
Las personas, el público.
Y yo, la que decide qué escenas se quedan y cuáles se cortan del guion.

Por eso ahora camino con más serenidad.
No porque todo sea perfecto,
sino porque yo ya no soy la misma.

Y cuando una persona intenta proyectar su caos en mi vida, simplemente recuerdo:

No todo lo que viene hacia mí, me pertenece.

Y desde ese lugar, elijo paz.

Con amor la autora.

Keila Reyes 

viernes, 16 de enero de 2026

Escribo para no romperme

                            

Descubrí que a través de la escritura comencé a sanar, reflejaba cada oración o frase como si fueran partituras de mi alma; como si fuesen una sincronía armoniosa entre el dolor y la luz.

En los días más sombríos empecé a identificarme al igual que un compositor fragmenta y une sus estrofas como un rompecabezas, la escritura por años ha sido mi medicina, mi refugio y mi paz.

Recuerdo cuando solo era una niña y tenía un pequeño diario lleno de sueños, recuerdos y detalles de mi día a día los cuáles me hacían vibrar muy alto y fue en ese entonces cuando la magia en mis manos comenzó a brillar e inspirar.

Al pasar de los años y a lo largo de mi madurez  la escritura se ha vuelto mi desahogo y una amiga fiel para cada situación o circunstancia que la vida me va presentando, he luchado contra mis propios demonios y desaciertos; pero también logre superar cada uno de ellos.

Muchas cosas han intentado quebrantarme pero mi fe al pasar de los tiempos se ha vuelto más inquebrantable, ya que ella se fortalece y se basa en el amor que yo le tengo a mi creador Dios quien es el único que gobierna mi vida y me brinda un amor de verdad.

Si algo he entendido es que quién vive con Dios en su corazón y le entrega su vida las tiene todas de ganar, incluso si te caes; porque sólo él tiene las fuerzas para levantarte. 

Él es como una medicina para nuestras vidas.

Así que hoy te invito a que si estás pasando por cualquier circunstancia o situación que perturbe tu paz se la entregues a él y dejes descansar a tu corazón. 

Hagamos un pequeño ejercicio de escritura:

Toma un cuaderno 📓 y escribe 5 acciones que realizaste hoy, por ejemplo:

" Hoy me levanté y le di gracias a Dios por un nuevo día "

Identifica como esa acción te hace sentir, hazlo por 3 días y verás que son más las acciones por las cuales tienes que agradecer que de quejarte, y si en tu caso es todo lo contrario  entonces comienza con mejorar tu diálogo interno y verás como todo en tu vida mejorará. Ánimo. 

Con amor la autora.


miércoles, 14 de enero de 2026

Poner límites me devolvió la paz


                           


Por mucho tiempo viví bajo las sombras de otros, bien sea una pareja, una amistad y hasta mi propia familia; siempre me hacía menos para tratar de encajar en una sociedad que cada vez te exige minimizarte para satisfacer a otros en vez de hacerlo contigo misma.

Toleraba cosas que no le pertenecían a mi esencia, ni a mi presencia, solo por el simple hecho de no saber poner límites, de no poder decir que no para no sentirme desplazada de una realidad que otros habían creado en mi o que yo había aceptado para sentirme integrada a un círculo social, sin preguntarme a mí misma lo que realmente yo quería para mi vida.

Y es que hoy en día estamos viviendo tan desconectados y corriendo de un lado a otro que nos olvidamos de hacer una pausa para poder entablar una conversación íntima con nosotros mismos, donde podamos reflexionar sobre lo que realmente nuestras almas quieren; que nos hace sentir libres y plenos.

De verdad nos gusta lo que hacemos, como nos vestimos, o tan simple como elegir lo que comemos.

Siento que la mayoría de la población vivimos a un ritmo desmedido y olvidamos de poner límites tan simples como a veces decir que no a circunstancias que la vida nos va presentando, solo por complacer a otros; sin darnos cuenta de que poco a poco nos vamos apagando y rompiendo en silencio.

Y es precisamente en ese momento cuando la incertidumbre toca a nuestra puerta y sin avisarnos nos sentimos totalmente perdidos.

Pero es en ese preciso instante donde Dios nos recuerda lo valiosos que somos como seres humanos y de lo que realmente estamos hecho y en la quietud de muchas noches sin respuesta él nos susurra con compasión, haciéndonos recordar la importancia de poner límites; aunque cueste muchas despedidas para poder vivir en plenitud sin importar la incomodidad de algunas voces externas.

Aprendemos a brillar con nuestra propia luz sin la intermitencia del que dirán, y finalmente dejamos de ser sombras y nos convertimos en propósito.

Si alguna vez te has sentido desplazada o rechazada por demostrar quien realmente eres déjame decirte que nada en ti está mal al contrario el entorno se incómoda con tu autenticidad, nunca te apagues por compaginar al contrario brilla tanto que deslumbres tu andar y el mundo te reconocerá. Y así obtendrás tu verdadera paz.

Con amor la autora.

Keila Reyes 

Dios también habita en las pausas

                    


He descubierto que Dios no solo se encuentra en las palabras dichas en voz alta o en las oraciones aprendidas de memoria. Dios también habita en las pausas, en los silencios más profundos, en esos momentos donde el alma se aquieta y el corazón deja de correr.

Cuando me permito detenerme y mirar el paisaje de la vida con más calma, comienzo a notar los matices. Colores, detalles y señales que antes pasaban desapercibidos porque iba demasiado rápido. Es ahí, en esa contemplación sincera, donde como ser humano conecto más profundamente con el Creador.

Muchas veces la incertidumbre nos invade porque desde la infancia hemos sido programados para sobrevivir, no para vivir plenamente. Nos enseñaron que la vida consiste en cumplir rutinas: pagar cuentas, trabajar sin descanso y repetir los días como si eso fuera suficiente. Para algunos, eso es vivir. Pero el alma sabe que hay algo más.

Vivir de verdad es detenerte sin culpa. Es ir a tu propio ritmo. Es hacer las cosas que realmente te nutren: salir de paseo, admirar un atardecer, conectar con la naturaleza, leer un libro que te abrace por dentro o simplemente tener una charla honesta contigo mismo. Vivir es aprender a escucharnos, sin ruido externo, sin exigencias.

Y es precisamente en ese instante de quietud donde Dios comienza a obrar en nuestras vidas. Porque cuando paramos, soltamos. Cuando callamos, entregamos. En la pausa le dejamos nuestras cargas, nuestros miedos y nuestras preguntas, y la fe se fortalece de una manera más auténtica y profunda.

Dios no necesita del caos para manifestarse. A veces solo espera que nos detengamos. Que respiremos. Que confiemos. Porque en la pausa, Él sana, sostiene y recuerda quiénes somos más allá del sistema, del miedo y de la prisa.

Hoy elijo creer que incluso cuando todo se detiene, Dios sigue presente… habitando en mis pausas.

Con amor la autora.

Keila Reyes 

martes, 13 de enero de 2026

La fe, como refugio y no como obligación

                                   
                                         


Durante mucho tiempo creí que la fe era cumplir.

Repetir palabras, asistir, demostrar.
Como si creer fuera una lista de tareas que había que marcar para no fallar.

Pero mi proceso me enseñó otra cosa.

La fe, para mí, no llegó haciendo ruido.
Llegó en el silencio.
En esos momentos en los que ya no tenía fuerzas para explicar, justificar o sostenerme ante nadie.
Ahí, cuando el mundo dormía y yo me quedaba a solas con mis pensamientos, fue cuando me aferré a la divinidad sin fórmulas, sin promesas forzadas, sin miedo.

No le hablo a Dios desde la obligación.
Le hablo desde la necesidad honesta de ser escuchada tal como soy.

Mis charlas con Dios no siempre tienen palabras bonitas.
A veces son lágrimas.
A veces son silencios largos.
A veces solo respiro y siento que no estoy sola.

Y eso también es fe.

La que no exige perfección, sino presencia.
La que no castiga tus dudas, sino que te abraza en ellas.

En mi proceso entendí que creer no es obedecer por miedo,
No es arrodillarse desde la culpa,

Hoy mi fe no me pesa.
Me acompaña.
No me señala lo que hago mal,
me recuerda que sigo aquí, a pesar de todo.

Y cada noche, en ese encuentro íntimo que no necesita testigos, vuelvo a elegirla.
No porque deba,
sino porque ahí encuentro paz.

Con amor la autora.

Keila Reyes