Durante mucho tiempo pensé que la luz era lo único que debía habitar en mi, querías ser fuerte, positiva, espiritual, consciente y siempre estar bien.
Pero un día entendí algo que cambió mi manera de verme: mi sombra también estaba ahí para enseñarme, mi sombra no era mi enemiga era la parte de mí que había ignorado, reprimida o herida.
La sombra es todo aquello que no mostramos ante el mundo, los miedos que ocultamos, las inseguridades que negamos, las heridas que no hemos sanado aún y durante mucho tiempo intenté escapar de ella.
Intenté cubrila con frases positivas, con silencios, o con una fuerza aparente, pero la sombra no desaparece cuando se ignora, sólo espera el momento en el que estamos listos para mirarla.
Y cuando finalmente la miré, entendí algo profundo y es que mi sombra guardaba partes de mi que necesitaban amor; en ella se encontraban mis heridas de abandono, mis dudas, mis momentos de debilidad y mi dolor no expresado.
Pero también estaba mi sensibilidad, mi profundidad y mi capacidad de comprender a otros, la sombra no vino para destruirme vino a mostrarme lo que necesitaba sanar, cuando acepté eso dejó de ser oscuridad.
Porque la verdadera transformación no ocurre cuando negamos lo que somos, sino cuando abrazamos todas nuestras partes; la luz nos guía, pero la sombra nos hace profundo.
Hoy ya no intento ser solo luz, hoy entiendo que soy equilibrio en ambas fuerzas; porque incluso en el camino espiritual la sombra también forma parte del despertar.
Dios te bendiga.
Con amor la autora.