Vivimos en un mundo que nos enseña a ignorar al cuerpo.
A seguir aunque estemos cansados.
A rendir aunque el sistema nervioso esté saturado.
A cumplir, incluso cuando por dentro algo pide silencio.
Pero el cuerpo siempre habla.
A veces no grita.
Solo se apaga un poco.
Se vuelve pesado.
Se cansa sin razón aparente.
Pierde el entusiasmo.
Necesita detenerse.
Y no, no siempre es flojera.
Muchas veces es el sistema nervioso pidiendo descanso.
Hemos normalizado vivir acelerados,
pero no hemos normalizado escuchar.
Escuchar el pulso.
La respiración.
La voz interna que dice: “no puedo más así.”
Aprender a hacer pausa no es rendirse.
Es regularse.
A veces el descanso no es dormir todo el día.
A veces es algo simple:
una ducha consciente,
una comida caliente,
leer unas páginas sin prisa,
apagar el ruido externo
y quedarte a solas contigo.
El silencio también repara.
La calma también ordena.
La lentitud también sana.
Cuando escuchamos al cuerpo,
dejamos de vivir en modo supervivencia
y empezamos a habitar el presente.
No todo se soluciona empujando.
Algunas cosas se acomodan
cuando dejamos de forzar.
Honrar la pausa es un acto de amor propio.
Es decirle al cuerpo: te veo, te escucho, te cuido.
Porque cuando el sistema nervioso se regula,
la mente se aclara
y la vida vuelve a sentirse posible.
A veces, lo más productivo que puedes hacer
es detenerte a tiempo.
Con amor la autora.
Keila Reyes

No hay comentarios.:
Publicar un comentario