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jueves, 13 de noviembre de 2025

“La bondad que vive en mí, incluso cuando otros no la merecen”

 


 Hoy, en el Día de la Bondad, quise mirarme de frente y reconocer algo que por mucho tiempo confundí con fragilidad:

mi corazón sigue siendo bondadoso, aun después de todo lo que me han hecho.

He dado amor sin medida.

He visto lo peor de la gente.

He sentido traición, deslealtad, mentiras y heridas que no pedí.

Y aún así… sigo ayudando, sigo escuchando, sigo levantando a los demás incluso cuando yo misma estaba caída.

Porque mi esencia no cambia por la maldad ajena.

Mi corazón no endurece por las manos equivocadas.

Mi luz no se apaga porque alguien que decidió vivir en sombra.

Hay personas que han llegado a mi vida solo para tomar, vaciar, desgastar.

Personas que no entienden de lealtad, que no conocen de gratitud, que creen que la bondad es una oportunidad para abusar.

Y aun así, por más que me lastimen, mi corazón no aprende a odiar.

Pero ¿sabes qué sí aprendió?

A reconocer su propio valor.

A poner límites desde el amor propio.

A dejar de entregarse donde solo quieren consumir.

A agradecer incluso las despedidas, porque me hicieron más fuerte, más sabia y más consciente de quién soy.

Yo soy bondad.

Soy nobleza.

Soy generosidad.

Y no, no es debilidad… es fuerza pura.

Fuerza que no todos pueden sostener ni comprender.

Porque hay que tener mucha alma para seguir siendo buena en un mundo donde tanta gente elige herir.

Hay que tener mucha luz para no contaminarse con la oscuridad de otros.

Hay que tener mucha fe para seguir agradeciendo incluso después de una tormenta.

Y yo… sigo agradeciendo.

Agradezco cada lección, cada caída, cada puerta que se cerró.

Agradezco mi capacidad de sentir profundo, de amar bonito, de ayudar sin esperar nada.

La bondad en mí no se quiebra.

La bondad en mí se transforma.

Y cada día me confirma que no importa cuántas veces el mundo me falle…

siempre elegiré ser yo. Feliz dia de la Bondad.

Con amor la autora. 

Keila Reyes 

domingo, 12 de octubre de 2025

🌸 El cuerpo como territorio sagrado




Después de una traición, de la manipulación y de las mentiras que se clavan como espinas invisibles, ella comprendió algo que había ignorado por mucho tiempo: su cuerpo era un territorio sagrado. No era un lugar de paso para las culpas ajenas, ni un refugio para quienes no sabían cuidar. Era suyo, profundamente suyo, y merecía ser sanado con respeto, paciencia y amor.

Durante un tiempo, permitió que el dolor habitara en cada rincón de su piel. Su respiración se volvió pesada, sus músculos tensos y su corazón, aunque seguía latiendo, parecía andar desorientado. No se dio cuenta de cuánto había entregado hasta que sintió el vacío. Ese vacío no era debilidad: era el eco de los límites que habían sido cruzados.

La sanación no llegó de golpe. Llegó en pequeños gestos: en las noches de silencio donde se abrazaba a sí misma, en los baños que se convirtieron en rituales de limpieza emocional, en las caminatas donde volvía a sentir el aire recorrerla como si la vida quisiera recordarle su valor.
Poco a poco, volvió a habitar su cuerpo. Aprendió a escuchar sus señales, a honrar sus tiempos, a no permitir que ninguna herida externa definiera su esencia interna.

Comprendió que sanar el cuerpo no era solo cuestión de piel. Era reconectar con su espíritu, con su intuición y con esa fuerza profunda que había estado dormida. Y así, entre lágrimas, suspiros y nuevos amaneceres, volvió a hacer de su cuerpo un templo. Ya no como antes: esta vez, con cimientos más firmes y con una fe inquebrantable en su propio poder. 

Con amor la autora.